Compartiendo Experiencias

Reflexiones Espirituales

La Glorificación

  1. La mañana de la resurrección (Escrito el 1° de abril de 1945)
  2. El alba de la Pascua. Lamento. Plegaria de la Virgen (Escrito, el 21 de febrero de 1944)
  3. La resurrección (Escrito el 1° de abril de 1945)
  4. Jesús se aparece a su Madre (Escrito el 21 de febrero de 1944)
  5. Las mujeres piadosas van al sepulcro (Escrito el 2 de abril de 1945)
  6. Con relación a la escena precedente (Escrito el 21 de febrero de 1944)

1. La mañana de la resurrección (Escrito el 1° de abril de 1945)

Las mujeres vuelven a ocuparse de los aceites que, en la noche, debido al fresco del patio, se han hecho una masa espesa.
Juan y Pedro creen que estaría mejor si se pusiera en orden el Cenáculo, limpiando la vajilla, y después poner otra vez todo, como si apenas hubiera terminado la cena.
«El lo ha dicho» dice Juan.
«También dijo: "¡No durmáis"! Lo mismo que: "No seas soberbio, Pedro. Ten en cuenta que la hora de la prueba está por venir". Y... y añadió: "Tú me negarás..."» Pedro llora de nuevo mientras añade con negro dolor: «¡Y yo renegué de El!»
«¡Basta Pedro! Ya has tornado. ¡Basta de atormentarte!»
«Jamás, jamás bastará. Aunque llegara a ser viejo como los primeros patriarcas, aunque viviese setecientos o novecientos años como Adán y Sus primeros descendientes no olvidaré jamás esta pena.»
«¿No confías en su misericordia?»
«Sí. Si no confiase, sería como Iscariote, un desesperado. Pero aunque me perdone desde el seno del Padre a donde ha tornado, yo no me perdono. ¡Yo, yo! Yo que dije: "No lo conozco", porque en esos momentos era peligroso conocerlo, porque tuve vergüenza de ser su discípulo, porque he tenido miedo del tormento... El marchó a la muerte y yo... pensé en salvar mi vida, y para esto lo rechacé como rechaza una mujer pecadora el fruto de su seno, después de haberlo dado a luz, porque es peligro para ella, y lo hace antes de que regrese su marido que no sabe nada. He sido peor que una adúltera... peor que...»

Magdalena atraída por los gritos entra. «No hagas tanto ruido. María te está oyendo. ¡Está tan agotada! No tiene fuerzas para nada y todo le hace mal. Tus gritos inútiles y tontos vuelven a recordarle lo que habéis sido...»
«¿Ves? ¿Lo ves, Juan? Una mujer puede hacerme callar. Y tiene razón, porque nosotros los varones, los consagrados al Señor, no hemos sabido más que mentir o huir. Las mujeres han sido valientes. Tú, joven y puro que pareces una mujercilla, tuviste el valor de quedarte. Nosotros, nosotros, los fuertes, los hombres, huimos. ¡Oh, qué desprecio debe tener el mundo de mí! ¡Dímelo, dímelo, mujer! ¡Tienes razón! Ponme tú
pie sobre la boca que mintió. Ponía bajo la suela de tu sandalia, donde habrá un poco de su sangre. Y solo esa sangre mezclada con el polvo del camino podrá perdonarme un poco, podrá dar un poco de paz al renegador. ¡Debo acostumbrarme al desprecio del mundo! ¿Qué soy yo? Decídmelo: ¿Qué soy?»
«¡Eres un gran soberbio!» le contesta calmadamente Magdalena. «¿Te duele? Puede ser. Pero tú crees que de las diez partes de tu dolor, cinco, para no ofenderte con decir seis, proceden del dolor de poder ser despreciado. Si continúas chillando, haciendo tonterías como una estúpida mujercilla, de veras que te despreciaré. Lo hecho, hecho está. Los gritos necios no pueden reparar nada, ni anular algo. No hacen más que atraer la atención y mendigar una piedad que no merecen. Sé varón en tu arrepentimiento. No chilles. Yo... tú sabes lo que fui... Pero cuando comprendí que era más despreciable que un vómito, no me entregué a convulsiones. Lo hice públicamente. Sin pedir excusas, sin dármela. ¿El mundo me iba a despreciar? Tenía la razón. Lo merecía. El mundo decía: "¿Un nuevo capricho de la prostituta?" ¿Y el seguir a Jesús lo llamaba con una blasfemia? Tenía razón. El mundo no podía olvidar mi conducta anterior, que justificaba todo lo que se pensaba de mí. ¿Y qué? El mundo ha tenido que convencerse que María no era más pecadora. Con los hechos he convencido al mundo. Haz también tú lo mismo, y cállate.»

«Eres dura, María» objeta Juan.
«Más para conmigo que para con los otros. Lo reconozco. No tengo la mano tan suave como la tiene la Madre de Jesús. Ella es el amor. Yo... he despedazado mi pasión con el azote de mi querer. Y lo haré más. ¿Crees que me haya perdonado de haberme entregado completamente a la lujuria? No. Pero no lo digo más que a mí misma, y siempre me lo repetiré. Moriré con este secreto sentimiento de haber sido la corruptora de mí misma, en medio de un dolor inconsolable, de haberme profanado y de no haber podido dar a El sino un corazón pisoteado... Mira... he trabajado más que todos en la preparación de los bálsamos... Y con más valor que las otras lo descubriré... ¡Oh, Dios, cómo estará ya! (Magdalena palidece al sólo pensarlo). Lo cubriré con nuevos bálsamos, quitando los que de seguro estarán ya fétidos sobre sus numerosas heridas... Lo haré, porque las otras parecerán clemátides después de un aguacero... Pero siento pena hacerlo con estas manos mías que regalaron tantas caricias lascivas, de acercarme con este cuerpo mío manchado junto a su santidad... Quisiera... Quisiera tener la mano de la Madre Virgen para hacer la última unción...»
Llora ahora despacio, sin estremecimientos. ¡Cuan diversa es de la Magdalena teatral que nos presentan! Es el mismo llanto sin ruido en que prorrumpió el día en que la perdonó Jesús en casa del fariseo. «¿Dices tú que... tendrán miedo las mujeres?» le pregunta Pedro.
«No... Pero perderán su serenidad ante su cuerpo ciertamente ya corrupto... hinchado... negro. Y luego, esto es verdad, tendrán miedo de los guardias.»
«¿Quieres que vayamos con vosotras Juan y yo?»
«¡Ah, eso no! Nosotras todas vamos, porque fuimos las que estuvimos allá arriba. Por esto es justo que todas estén alrededor de su lecho de muerte. Tú y Juan quedaos aquí. Ella no puede quedarse sola...»
«¿No va Ella?»
«No queremos que vaya.»
«Está segura que resucitará... ¿Y tú?»
«Yo, después de María, soy la que más creo. Siempre he creído que puede suceder así. El lo ha dicho. El nunca miente... ¡El!... Antes lo llamaba Jesús, Maestro, Salvador, Señor... Ahora, ahora me lo imagino tan majestuoso que no, que no me atreveré a darle un nombre... ¿Qué le diré cuando lo vea?»
«¿Pero crees que resucitará?...»
«¡No hay duda! Con seguiros diciendo que creo y con el oíros decir que no creéis, terminaré también como vosotros. He creído y sigo creyendo. He creído y desde hace tiempo le tengo preparada la vestidura. Para mañana, porque mañana es el tercer día, se la llevará. La tengo a la mano...»
«¡Acabas de decir que estará negro, hinchado, feo!»
«Feo jamás. Feo es el pecado. ¡Sí, estará negro! ¡Y qué! ¿Lázaro no estaba ya corrupto?, y con todo resucitó. Su cuerpo quedó curado. ¡Pero si lo afirmo!... No digáis nada, ¡vosotros faltos de fe! También dentro de mí la razón humana me dice: "Ha muerto y no resucitará". Pero mi espíritu, "su" espíritu, porque El me dio un nuevo espíritu, grita, y parecen ser toques de trompetas doradas que dijeren: "¡Resucita! ¡Resucita! ¡Resucita!" ¿Por qué me arrojáis cual navecilla contra los arrecifes de vuestras dudas? ¡Yo creo! ¡Creo, Señor mío! Lázaro con profunda pena ha obedecido al Maestro y se ha quedado en Betania... Yo que sé quién es Lázaro de Teófilo: un valiente, no un cobardón, puedo medir su sacrificio de quedarse a la sombra y de no estar junto al Maestro. Pero ha obedecido. Más heroico obedeciendo de este modo que si lo hubiera arrancado de sus enemigos con las armas. He creído y creo. Y estoy aquí, en su espera. Dejadme ir. Se levanta el día. Tan pronto podamos .ver mejor, iremos al sepulcro...»
Magdalena con su cara quemada del llanto se va. Va a donde la Virgen.

«¿Qué le pasó a Pedro?»
«Una crisis de nervios. Ya se le pasó.». «No seas dura, María. El sufre.»
«También yo sufro, pero no te he pedido ni siquiera una caricia. A él ya lo has curado... Y sin embargo yo pienso que la que necesita de ayuda eres tú, ¡Madre mía, santa, hermosa! Ten ánimos... Mañana es el tercer día. Nos encerraremos aquí dentro, nosotras dos, las dos que lo amamos tanto. Tú, la Enamorada santa, yo la pobre enamorada... que me esfuerzo en serlo. Lo esperaremos... A los que no creen los echaremos de aquella parte... Traeré aquí muchas rosas... Voy a hacer que traigan hoy el cofre... Pasaré por el palacio y le daré órdenes a Leví. ¡Largo todas esas cosas horribles! No las debe ver nuestro Resucitado... Muchas rosas... Tú te pondrás un nuevo vestido... No debes estar así. Te peinaré, te lavaré ese rostro que el llanto ha desfigurado. Joven eterna, te haré de madre... Finalmente tendré el consuelo de cuidar de alguien que es más inocente que un recién nacido.» Magdalena con su exhuberancia cariñosa aprieta contra su pecho la cabeza de María que está sentada, la besa, la acaricia, le compone los cabellos detrás las orejas, le seca las lágrimas que siguen bajando por su vestido...
Entran las mujeres con lámparas, ánforas y vasos de bocas anchas. María de Alfeo lleva un mortero pesado.
«No se puede estar afuera. Hace viento y se apaga la lámpara» dice.
Se hacen a un lado. Ponen sobre una mesa larga, no ancha, todas sus cosas y luego dan un vistazo a los bálsamos, mezclando en el mortero, con polvo blanco que secan a puños de un costalito, la pesada crema de las esencias. Hacen la mezcla trabajando con ahínco y luego llenan un vaso grande. Lo ponen en el suelo. Hacen lo mismo con otro. Perfumes y lágrimas caen sobre las resinas.
Magdalena dice: «No esperaba haberte preparado esta unción.» Porque ha sido la que ha dirigido la preparación de los perfumes, tan fuertes que abren la puerta y un poco la ventana que da al jardín, que apenas se distingue.

Todas lloran después de las palabras de Magdalena.
Han terminado. Todos los vasos están llenos.
Salen con las ánforas vacías, el mortero que no utilizarán, con muchas lámparas, de las cuales quedan dos en la habitación, que con sus llamitas tímidas, parecen temblorosas.
Vuelven a entrar las mujeres. Cierran la ventana porque el amanecer es un poco trío. Se ponen los mantos, y toman las bolsas en que meten los vasos de bálsamo.
María se levanta y busca su manto, pero todas la rodean persuadiéndola a que no vaya.
«No puedes estar de pie, María. Hace dos días que no tomas nada de alimento. Y sólo has bebido un poco de agua.»
«Cierto, Madre. Vamos y pronto terminaremos. Regresamos inmediatamente. »
«No tengas miedo. Lo embalsamaremos como a un rey. ¡Mira que bálsamos preciosos hemos preparado! ¡Y cuánto!...»
«No dejaremos miembro o herida. Lo haremos con nuestras propias manos. Somos fuertes y somos madres. Lo pondremos como se pone a un niño en la cuna. Los otros no tendrán que hacer sino cerrar su sepulcro. »
La Virgen insiste: «Es mi deber. Siempre yo tuve cuidado de El. Sólo en estos tres años que fue del mundo, lo cedí a los demás cuando estaba lejos de mí. Ahora que el inundo lo ha rechazado y renegado de El, nuevamente es mío. Torno a ser su sierva.»
Al umbral se han asomado Pedro y Juan sin que las mujeres los vieran. Pedro al oír las últimas palabras se va. Se esconde en un rincón a llorar su pecado. Juan no se muevo, pero no protesta. Quisiera ir también él, pero hace el sacrificio de quedarse junto a la Virgen.

Magdalena lleva nuevamente a María a su asiento. Se le arrodilla, la abraza en las rodillas, levantando su cara dolorosa y enamorada. Le dice: «El sabe y ve todo con su Espíritu. Pero a su cuerpo le diré tu amor, tu deseo con besos. Sé lo que es el amor. ¡Sé qué amargo aguijón es! ¡Qué hambre es! Qué nostalgia de estar con quién para nosotros es el amor. Y esto aun en los viles amores que parecen oro, y no son más que fango. Ahora que la pecadora sabe lo que es el amor santo por la misericordia viviente, que los hombres no han logrado amar, mucho mejor puede comprender qué cosa sea tu amor, Madre. Sabes que yo sé amar. Sabes que El lo ha dicho, cuando nací verdaderamente en aquella tarde, allá en las riberas de nuestro lago sereno, que yo sé amar mucho. Ahora este grandísimo amor mío, como agua que se desborda de una aljofaina, como rosal en flor que cae de un alto muro, como llama que, encontrando yesca, más aumenta, se ha desbordado sobre El, y de El que es Amor, ha obtenido una nueva potencia... Que esta fuerza mía de amor no pudo ponerse en su lugar en la cruz/.... Pero lo que por El no he podido hacer — padecer, sangrar, morir en su lugar, entre las befas de todo un mundo, feliz, feliz, feliz de sufrir en su lugar, estoy cierta que hubiera ardido el hilo de mi pobre vida más por el amor triunfante que por el patíbulo infame, y habría nacido de las cenizas la nueva cándida flor de una vida pura, virginal, ignorante de todo que no fuere Dios — todo lo que no he podido hacer por El, lo puedo hacer por ti aún... Madre a quien amo con todo mi corazón. Ten confianza en mí. Yo que supe tan dulcemente acariciar en la casa de Simón el fariseo sus santos pies, ahora, con mi alma que siempre se asoma a la gracia, sabré mucho mejor acariciar sus santos miembros, curar sus heridas, embalsamarlas más con mi amor sacado de mi corazón oprimido del amor y del dolor, que con los ungüentos. Y la muerte no tocará esos miembros que tanto amor manifestaron y tanto reciben. Huirá la muerte, porque el Amor es más fuerte que ella. El Amor es invencible. Yo, Madre, con tu perfecto amor y con el mío pleno, embalsamaré a mi Rey amado.»

María besa a esta apasionada discípula que ha sabido encontrar a quien merece esta compasión y que cede a sus súplicas.
Las mujeres salen llevando una lámpara. En la habitación queda otra. La última en salir es Magdalena, después de haber dado un último beso a la Virgen.
La casa queda oscura y silenciosa. La calle está solitaria.
Juan pregunta: «¿De veras no me necesitáis?»
«No. Puedes servir aquí. Hasta pronto.»
Juan regresa donde María. «No quisieron que las acompañara...» murmura despacio.
«No te preocupes. Esas van donde Jesús, y tú te quedas conmigo, Juan. Oremos juntos un poco. ¿Dónde está Pedro?»
«No sé. Por ahí ha de estar... No lo veo. Es... Creía yo que era más fuerte... También yo estoy afligido, pero él...»
«Tiene en el corazón dos dolores. Tú uno solo. Ven. Oremos también por él.»
María recita lentamente el «Padre nuestro». Acaricia a Juan y le dice: «Ve donde Pedro. No lo dejes solo. Ha estado tanto en las tinieblas, en estas horas, que no soporta ni siquiera la leve luz del mundo. Sé el apóstol de tu hermano extraviado. Empieza tu predicación con él. En tu camino que será largo, encontrarás siempre a muchos semejantes a él. Empieza tu trabajo con tu compañero...»
«¿Pero qué le debo decir?... No sé... Todo lo hace llorar...»
«Repite su precepto de amor. Dile que quien sólo teme no conoce suficientemente todavía a Dios, porque El es Amor. Si te replica: "He pecado", contéstale que Dios tanto ha amado a los pecadores que por ellos ha enviado a su Unigénito n. Dile que a tanto amor se le corresponde con amor. El amor da confianza en el bondadísimo Señor. Esta confianza nos sostendrá en el juicio porque reconocimos la Sabiduría y Bondad divinas. Digamos: "Soy una pobre criatura. El lo sabe y me da a Jesús como prenda de perdón v columna de sostén. Mi miseria desaparece al unirme con Jesús". Todo se perdona en su nombre... Ve, Juan. Dile esto. Yo me quedo aquí, con mi Jesús...» y acaricia el Sudario.
Juan sale cerrando la puerta tras sí.

María se pone de rodillas como la noche anterior, mirando fijamente la santa Faz en el lienzo de la Verónica. Ora y habla con su Hijo. Muestra fortaleza para dar fuerzas a los demás. Cuando está sola se dobla bajo el aplastante peso de su cruz/.. Sin embargo, de vez en vez cual llama, su alma se levanta hacia una esperanza que en Ella no puede morir, que más bien aumenta según las horas van pasando. Sus esperanzas las dirige al Padre. Sus esperanzas y su petición.

2. El alba de la Pascua. Lamento. Plegaria de la Virgen (Escrito, el 21 de febrero de 1944)

Sigo viendo la habitación donde María llora. Está sentada en su silla, afligidísima, exhausta, deshonrada por tanto llorar.
También las mujeres están. A la luz de lámparas de aceite preparan los aromas mezclándolos.
Las mujeres en medio de lágrimas siguen trabajando. Magdalena es la que dijo esas palabras quo hacen llorar fuertemente a todas las mujeres. La cara de Magdalena está enrojecida por el llanto.
Cuando han terminado do preparar todo, se ponen los chales o mantos. También María se levanta, pero la rodean y le dicen que no debe ir. Sería muy cruel hacerle ver de nuevo a su Hijo que ciertamente, a estas horas del tercer día de muerto, estará ya todo negro por la putrefacción. Además Ella está tan exhausta para poder caminar. No ha hecho más que llorar y orar. No ha comido nada, ni descansado. Que se quede tranquila y que confíe en ellas, que cual discípulas amorosas, harán sus veces, y brindarán al santo cuerpo todos los cuidados necesarios para una definitiva sepultura.
María acepta al fin. Magdalena, arrodillada a sus pies, pero apoyada sobre sus calcañales, en su habitual postura, le abraza las rodillas, la mira con sus ojos enrojecidos de llanto, y le promete que transmitirá a Jesús todo el amor suyo, mientras lo embalsamen. Ella sabe qué cosa es amor. Ha pasado del amor vergonzoso al amor santo por la Misericordia que los hombres han matado. Sabe amar. Jesús se lo dijo aquella tarde que fue el alba de su nueva vida, que sabe amar mucho. Que se fíe de ella, de ella que en aquella ocasión supo acariciar los pies de Jesús tan dulcemente, ahora sabrá acariciar las heridas y embalsamárselas más con su amor que con ungüentos, para que la muerte no pueda hincar su diente en ese cuerpo que tanto amó y que también es amado.
La voz de Magdalena está impregnada de pasión. Parece un terciopelo que envolviese un órgano, pues su voz tiene esa tonalidad preñada de calor, de pasión. Se tiene la sensación de escuchar a un alma que se estremece. Que ha sabido imprimir su deseo. Que está destinada a amar. Y ahora que Jesús la ha salvado, sabe mostrar con inmensa fuerza su amor al Amor divino. No olvidaré esta voz femenina que es una confesión de su íntima sique. No la olvidaré jamás.

Las mujeres salen llevando una lámpara. La casa está oscura y también el camino. Apenas una señal de luz, allá en el lejano oriente. La luz fresca y pura de un amanecer abrileño. El camino está sumido en el silencio y soledad. Las mujeres envueltas en sus mantos, sin hablar se dirigen al sepulcro de Jesús. Ella, ahora que está sola, se ha puesto nuevamente a orar de rodillas teniendo ante sí el velo que está extendido contra la cara de una especie de cofre, sostenido con clavos. María ora y habla a su Hijo. Es siempre la misma aflicción, mezclada con una esperanza de angustia.
«¡Jesús, Jesús! ¿No vuelves todavía? Tu pobre Madre no sufre más el pensar que estás muerto allá. Tú lo dijiste y nadie te comprendió. ¡Pero yo sí! "Destruid el Templo de Dios y Yo lo reedificaré en tres días". Ha empezado el tercer día. ¡Oh, Jesús mío! No esperes que se termine para regresar a la vida, para regresar a tu Mamá que tiene necesidad de verte vivo para no morir recordándote muerto, que tiene necesidad de verte bello, triunfante, para no morir recordándote en ese sepulcro en que te he dejado.
¡Oh, Padre, Padre, devuélveme a mi Hijo! Que lo vea regresar como Hombre y no como un cadáver, como a Rey y no como a un sentenciado. Después, lo sé, El volverá a Ti, al cielo. Pero lo habré visto curado de tanto mal, lo habré visto fuerte después de su gran debilidad, lo habré visto triunfante después de su gran lucha, lo habré visto como a Dios después de que tanto sufrió por los hombres. Me sentiré feliz aun cuando no lo tenga cerca. Sabré que estará contigo, Padre Santo, sabré que para siempre está fuera del dolor. Pero ahora no puedo, no puedo olvidar que está en el sepulcro, está allí muerto por los dolores que le hicieron sufrir, que El, mi Hijo-Dios, está sujeto a la suerte de los hombres en la oscuridad de un sepulcro, El, tu Viviente.
Padre, Padre, escucha a tu sierva. Por aquel "sí"... Nunca te he pedido nada porque siempre he obedecido tu voluntad, tu voluntad que es la mía. Nada debía exigirte por haber sacrificado mi voluntad a Ti, Padre Santo. ¡Pero ahora, ahora, por aquel "sí" que di al Ángel mensajero ', escúchame, oh Padre!

Después de las crueldades que padeció por la mañana, sufrió aquella agonía de tres horas, y ahora está ya fuera del alcance del dolor. Pero yo hace tres días que estoy agonizando. Tú ves mi corazón v oyes su palpitar. Nuestro Jesús ha dicho que ningún pájaro pierde una pluma sin que Tú no lo veas, que no se marchita ninguna flor en el campo, sin que no consueles su agonía con tu sol y tu rocío. ¡Oh Padre, muero de este dolor! Trátame como al pajarito que revistes de nuevo plumaje, como a la flor que refrescas, que calmas su sed con tu piedad. Estoy yerta del dolor. No tengo más sangre en las venas. Hubo un tiempo en que se convirtió en leche para alimentar a tu Hijo y mío; ahora es todo llanto porque no lo tengo más. Me lo han matado, matado, Padre, y ¡Tú sabes en qué forma!

¡No tengo más sangre! La he derramado con El en la noche del jueves, en el terrible viernes. Tengo frío como el que se ha desangrado. No tengo más sol, porque El está muerto, mi santo Sol, mi Sol bendito, el Sol nacido de mi seno para alegría de su Mamá, para la salvación del mundo. No tengo más descanso porque no lo tengo más a El que es la más dulce de las fuentes para su Mamá que bebía su palabra, que calmaba su sed con su presencia. Soy como una flor en seco arenal. Me muero, me muero, Padre santo. No tengo miedo a morir, porque también mi Hijo ha muerto. ¿Pero qué harán estos pequeños, la pequeña grey de mi Hijo, tan débil, miedosa, voluble, si no hay quien la sostenga? No soy nada, Padre, pero por deseos de mi Hijo soy como un ejército armado. Defiendo, defenderé su doctrina, su herencia como una loba defiende a sus lobeznos. Yo, cordera, seré una loba para defender lo que es de mi Hijo y, por consiguiente, lo que es tuyo.

Tú lo has visto, Padre. Hace ocho días esta ciudad arrancó las ramas de sus olivares, de sus jardines, sacó de sus casas a sus habitantes que todos hasta enronquecer gritaron: "¡Hosanna al Hijo de David; bendito el que viene en el nombre del Señor!" Y mientras pasaba sobre alfombras de ramos, de vestidos, de telas, de flores, los habitantes se lo señalaban diciendo: "Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea. Es el Rey de Israel". Y cuando todavía no se habían secado esos ramos y las gargantas todavía estaban roncas de los hosannas, cambiaron sus gritos y se pusieron a acusar, a maldecir, a pedir su muerte; y con las ramas que emplearon para el triunfo hicieron garrotes para golpear al Cordero que llevaron a la muerte.
Si tanto han hecho cuando vivió entre ellos, les habló, les sonreía, los miraba con esos ojos que derriten el corazón, y hasta las mismas piedras se sienten conmovidas, les hacía bien, les enseñaba, ¿qué harán cuando El haya regresado a Ti?
Tú has visto cómo se portaron sus discípulos. Uno lo traicionó, los otros huyeron. Fue suficiente que hubiera sido aprehendido para que hubieran huido como ovejas cobardes; y no supieron estar a su alrededor cuando moría. Uno solo, el más joven, se quedó. Ahora viene el anciano. Renegó de El. Cuando Jesús no esté más aquí a defenderlo, ¿sabrá permanecer en la fe?

Yo soy nada, pero hay un poco de mi Hijo en mí, y mi amor suple lo que falta y lo anula. De este modo me convierto en algo útil a la causa de tu Hijo, a su Iglesia que no encontrará jamás paz y que tiene necesidad de echar raíces profundas para que los vientos no la arranquen. Seré yo quien cuide de ella. Como hortelana diligente vigilaré para que crezca fuerte y derecha en su amanecer. Después no me preocupará el morir. Pero no puedo vivir más si sigo sin Jesús.
¡Oh Padre!, que has abandonado a tu Hijo por el bien de los hombres, que después lo has consolado, porque ciertamente lo has aceptado en tu seno después de su muerte, no me dejes más en el abandono. Lo que sufro lo ofrezco por el bien de los hombres. Pero confórtame ahora, Padre. ¡Padre, piedad! ¡Piedad, Hijo mío! ¡Piedad, Espíritu divino! Acuérdate de tu Virgen.»
Después, postrada contra el suelo, parece orar. Realmente es un ser destrozado. Se parece a esa flor muerta de sed de que habló. Ni siquiera advierte el sacudimiento de un terremoto breve que hace gritar y huir a los dueños de la casa, mientras que Pedro y Juan, pálidos cual muertos, se arrastran hasta el umbral de la habitación. Al ver a la Virgen tan absorta en su oración, lejana de todo lo que no sea Dios, se retiran cerrando la puerta, y espantados regresan al cenáculo.

3. La resurrección (Escrito el 1° de abril de 1945)

En el huerto todo es silencio y brillar de rocío. Después de haber olvidado su azul-negro, con pespuntes de estrellas que por toda la noche han contemplado el mundo, el cielo va tomando los tintes de un zafiro más claro. El alba va empujando de oriente a occidente las zonas todavía oscuras, como la onda durante la marea alta que avanza siempre más, cubriendo la oscura playa, y sustituyendo el gris negro de la mojada arena y de los arrecifes con el azul marino del agua.
Alguna que otra estrella no quiere morir, aunque su parpadear es cada vez más débil, bajo la onda de luz blanco-verdosa del alba, de un color gris-lechoso, como la fronda de aquellos soñolientos olivos que coronan a ese montecillo poco lejano. Y luego naufraga sumergida por la onda del alba, como tierra que el agua cubre. El cielo pierde sus ejércitos de estrellas, y sólo, allá en las extremidades occidentales, tres, luego dos, finalmente una, se quedan a con templar ese prodigio diario que es la aurora cuando surge.

Y cuando un hilo de color rosa tira una línea sobre la seda de color turquesa del cielo oriental, un suspiro de viento pasa por la fronda, por las hierbas diciendo: «Despertaos. El día ha salido.» Pero no despierta sino la fronda y la hierba, que se estremecen bajo sus diamantes de rocío y hacen un tenue movimiento, acompañado de las melodías que las gotas dejan al caer.
Los pajarillos aún no se despiertan entre el tupido ramaje de un altísimo ciprés que parece dominar como señor en su reino, ni en el seto vivo de laureles que defiende del cierzo.
Los guardias, fastidiados, temblando de frío, muriéndose de sueño guardan el sepulcro en diversas actitudes. La puerta del sepulcro, a su extremidad, ha sido reforzada con una gruesa capa de cal, como si fuese un contrafuerte. Sobre el color blanco opaco golpean las largas ramas del rosal, como sobre el sello del templo.
Seguramente que las guardias hicieron alguna fogata en la noche porque hay ceniza y tizones por el suelo. Habrán jugado y comido pues todavía hay sobras de comida tiradas por el suelo y huesitos pulidos, que usaron en su juego, a modo de nuestro dominó, o al infantil de las canicas, sobre un tablero hecho en la vereda. Luego se cansaron, dejaron todo como estaba, y buscaron dónde poder acomodarse para dormir o velar.
En el cielo que tiene en el oriente una raya rosada que avanza hacia el firmamento sereno, donde todavía no hay ni un rayo de sol, se asoma, viniendo de desconocidas profundidades, un meteoro brillantísimo que desciende, cual bola de fuego de un resplandor inimaginable, seguido de una brillante estela, que tal vez no es más que la huella de su fulgor en nuestra retina. Desciende velocísima hacia la tierra, derramando una luz tan intensa, que pese a su belleza infunde temor. La rosada luz de la aurora desaparece al contacto de esta blanquísima incandescencia.
Los guardias levantan espantados sus cabezas, porque junto con la luz llega un retumbo armónico, majestuoso que llena todo lo creado. Viene de las profundidades paradisíacas. Es el aleluya, la gloria angelical que sigue al Espíritu de Jesús, que vuelve a su cuerpo glorioso.

El meteoro da contra la inútil cerradura del sepulcro, lo destruye, lo echa por tierra, esparce terror y fragor sobre los guardias, que habían sido puestos de carceleros del Dueño del Universo, y al pegar contra la tierra provoca un nuevo terremoto como había sucedido cuando el Espíritu del Señor salió de la tierra. Entra en la oscuridad del sepulcro que se ilumina con esa luz indescriptible, y mientras permanece suspendida en el aire, inmóvil, el Espíritu vuelve a entrar en el cuerpo sin vida bajo las fúnebres bendas.

Todo esto no sucedió en un minuto, sino en fracción de minuto. El aparecer, descender, penetrar y desaparecer la luz de Dios ha sido velocísimo...
El «quiero» del divino Espíritu a su frío cuerpo no recibe contestación. El «quiero» lo dice la Esencia a la materia muerta. Sin embargo no se oye ni una palabra.
La carne recibe la orden, obedece con un profundo respiro...
No pasa más de un minuto.

Bajo el Sudario y la Sábana la carne gloriosa se transforma en una eterna belleza; despierta del sueño de la muerte, vuelve de la «nada» en que estaba. El corazón se despierta. Da el primer latido. Empuja en las venas la helada sangre que quedó e inmediatamente crea lo que necesitan las arterias vacías, lo que necesitan los pulmones inmóviles, el cerebro. Lleva calor, salud, fuerzas, pensamiento.
Un instante más, y un movimiento repentino se sucede bajo la Sábana, tan repentino que del instante en que El ciertamente mueve las manos cruzadas al momento en que aparece de pie, imponente, brillantísimo con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente hermoso y majestuoso, con esa solemnidad que lo cambia, lo eleva, siendo siempre el mismo, apenas si el ojo humano tiene tiempo de captar los cambios.

Y ahora lo admiro: tan diverso de lo que mi memoria me presenta, limpio, sin heridas, ni sangre. Despide luz de sus cinco llagas y brota también de cada poro de su piel.
Cuando da el primer paso — y al moverse los rayos que brotan de manos y pies le forman como aureola de luz, desde la cabeza nimbada de una corona que le hicieron las heridas de las que no brota sangre sino resplandor, hasta la orla del vestido, cuando al abrir sus brazos que tiene cruzados sobre el pecho, descubre una luminosidad vivísima que se trasluce por el vestido encendiéndole a la altura del corazón — entonces realmente es la «Luz» que ha tomado cuerpo. No se trata de la pobre luz terrena, ni de la de los astros, ni de la del sol, sino de la de Dios. Todo el brillo paradisíaco se junta en un solo Ser y le da su azul inimaginable por pupilas, su fuego de oro por cabellos, su candidez angelical por vestiduras y colorido, y lo que no puede describir la palabra humana, el inmenso ardor de la Santísima Trinidad, que anula con su potencia abrasadora cualquier fuego del paraíso, absorbiéndolo en Sí para engendrarlo de nuevo en cada instante del tiempo eterno, Corazón del cielo que atrae y difunde su sangre, las incontables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo cuanto es el paraíso: el amor de Dios, el amor a El. Lo que forma al Jesús resucitado todo es luz.

Cuando se dirige hacia la salida, mis ojos ven además de su resplandor, dos luminosidades hermosísimas, cual estrellas con respecto al sol. Las veo a cada una a un lado del umbral, postradas en adoración ante su Dios que pasa envuelto en su luz, derramando dicha en su sonrisa. Sale. Deja su fúnebre gruta. Vuelve a pisar la tierra que se despierta de alegría y se adorna con el brillo del rocío, con los colores de las hierbas, de los rosales, con las innumerables corolas de los manzanos que se abren milagrosamente al primer beso que les da el sol. La tierra saluda adorando al Sol eterno que por ella pasa.

Los guardias están allí, medio muertos... Los ojos mortales no ven a Dios, pero sí los puros del universo. Ven y admiran las flores, las hierbas, los pajaritos al Poderoso que pasa en un nimbo de Luz que es suya, en un nimbo de luz solar.
Su sonrisa, su mirada que se posa sobre las flores, sobre las ramitas, que se levanta al cielo, todo lo reviste de su belleza. Más suaves y transparentes que el del más bello rosal son los pétalos que forman una corona sobre la cabeza del vencedor. El rocío le brinda sus diamantes. En el cielo sus ojos resplandecientes se reflejan. El sol alegre pinta con sus colores una nubecilla de una ligera brisa para que venga a besar a su Rey, trayéndole los perfumes de los jardines que extrajo y las caricias de los delicados pétalos.
Jesús levanta su mano. Bendice. Los pajarillos se desgranan en trinos. El viento en perfumes. Jesús desaparece de mi vista, pero me deja sumergida en una alegría que me borra aun el más leve recuerdo de tristezas, sufrimientos y titubeos del día de mañana...

4. Jesús se aparece a su Madre (Escrito el 21 de febrero de 1944)

La Virgen está postrada con el rostro en tierra. Parece un ser abatido, como la flor muerta de sed de que ha hablado.
La cerrada ventana se abre bruscamente, y con el primer rayo del sol entra Jesús.
María, que se estremeció al ruido y levanta su cabeza para ver qué clase de viento hubiera abierto las hojas de la ventana, mira a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso de lo que era antes de su pasión, sonriente, vivo, luminoso más que el sol, de un vestido blanco que parece tejido con la luz, y que se acerca a Ella.
María se endereza sobre sus rodillas y juntando sus manos sobre el pecho, en cruz, habla con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, Dios mío.» Y se queda extasiada al contemplarlo. Las lágrimas que bañaban su rostro se detienen. Su rostro se hace sereno, tranquilo con la sonrisa y el éxtasis.

Jesús no quiere ver a su Madre de rodillas como a una esclava. Tendiéndole las manos de cuyas llagas salen rayos que hacen más luminoso su cuerpo, le dice: «¡Madre!»
No es la palabra desconsolada de las conversaciones y de los adioses anteriores a la pasión, ni el lamento desgarrador de su encuentro en el Calvario y en su último suspiro. Es un grito de triunfo, de alegría, de victoria, de fiesta, de amor, de gratitud. Se inclina sobre su Madre que no se atreve a tocarlo, le pasa las manos por los codos doblados, la pone de pie, la estrecha contra su corazón y la besa.

¡Oh!, entonces María comprende que no es una visión, que es realmente su Hijo resucitado, que es su Jesús, su Hijo quien la sigue amando como a tal. Y con un grito se le echa al cuello, lo abraza, lo besa, entre lágrimas y sonrisas. Lo besa en la frente donde no hay más heridas; en la cabeza que no está despeinada, ni ensangrentada; en los brillantes ojos, en las mejillas sanas, en la boca que está hinchada. Luego le toma las manos, besa el dorso y la palma. Se arrodilla, besa sus pies al levantar la resplandeciente vestidura. Luego se pone de pie, lo mira, pero no se atreve a hacer más.
Entonces El sonría y comprende. Entreabre su vestido, muestra el pecho y pregunta: «¿Madre, no besas ésta, que tanto te hizo sufrir y que eres la única digna de besar? Bésame en el corazón, Madre. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que fue dolor y me dará la alegría que falta aun a mi júbilo de resucitado.» Toma entre sus manos el rostro de la Virgen, le apoya sus los labios en la herida del costado de que manan ríos de vivísima luz.

El rostro de María se nimba con esa luz, pues está envuelto en sus rayos. Besa una y otra vez la herida, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que bebe de un manantial, y que bebe con las linfas la vida, que iba perdiendo.
Jesús habla.
«Ha terminado todo, Madre. Ahora no tienes más por qué llorar a tu Hijo. La prueba ha acabado. La redención se ha realizado. Madre, gracias por haberme concebido, alimentado, ayudado en la vida y en la muerte.
Tus plegarias llegaron hasta Mí. Fueron mi fuerza en el dolor, mis compañeros en mi viaje por la tierra y más allá. Conmigo fueron a la cruz y al limbo. Fueron el incienso que precedían al Pontífice que fue a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi cielo. Fueron conmigo al paraíso, adelantándose cual voz angelical el cortejo de los redimidos a cuya cabeza iba para que los ángeles estuviesen prontos a saludarme corno al Vencedor, que regresaba a su reino. El Padre y el Espíritu vieron, oyeron tus plegarias, que tuvieron la sonrisa de la flor más bella, que fueron más melodiosas que el más dulce cántico que en el paraíso hubiera brotado. Los patriarcas, los nuevos santos, los primeros ciudadanos de mi Jerusalén las oyeron, y te traigo ahora su agradecimiento. Madre, al mismo tiempo que el beso y bendición de nuestros parientes, te traigo los de tu esposo de alma, José.
Todo el cielo canta sus hosannas a ti, Madre mía, ¡Madre santa! Un hosanna que no muere, que no es falaz como el que hace pocos días me brindaron.
Ahora me voy al Padre con mi vestido humano. El Paraíso debe ver al Vencedor en su vestido de Hombre con el que vencí el pecado del hombre. Pero luego volveré otra vez. Debo confirmar en la fe a quien aun no cree y que tiene necesidad de creer para llevar a otros; debo fortificar a los pusilánimes que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir el ataque del mundo.
Luego subiré al cielo. Pero no te dejaré sola. Madre, ¿ves ese velo? En mi aniquilamiento, quise mostrarte una vez mi poder con un milagro, para que te consolase.

Ahora realizo otro. Me tendrás en el Sacramento, real como cuando me llevabas en tu seno. No estarás jamás sola. En estos días lo has estado.
Este dolor tuyo era necesario a mi redención. Mucho se le irá añadiendo porque seguirá aumentando el pecado. Llamaré a todos mis siervos para que comparticipen de esta redención. Tú eres la que sola harás más que todos los santos juntos. Por esto era necesario también este abandono. Ahora no más.
No estoy más separado del Padre. Tú no lo estarás más de tu Hijo. Y al tener al Hijo, tienes a nuestra Trinidad. Cielo viviente, llevarás sobre la tierra a la Trinidad entre los hombres; santificarás la Iglesia, tú, Reina del sacerdocio y Madre de los que creerán en Mí. Luego vendré a llevarte. No estaré ya más en ti, sino tu en Mí, en mi reino, para que hagas más bello mi Paraíso.
Ahora me voy, Madre. Voy a hacer feliz, a la otra María. Luego subiré a donde mi Padre, y de ahí vendré a ver a quien no cree.
Madre, dame tu beso por bendición. Mi paz te acompañe. Hasta pronto.»
Jesús desaparece en el sol que baja a torrentes del cielo matinal y tranquilo.

5. Las mujeres piadosas van al sepulcro (Escrito el 2 de abril de 1945)

Entre tanto las mujeres que habían partido, caminan a lo largo del muro sumido en la penumbra. Por algunos minutos no hablan. Van bien arropadas y miedosas de tanto silencio y soledad. Luego, cobrando ánimo a la vista de la absoluta tranquilidad que reina en la ciudad, se reúnen en grupo y, dejando el miedo, hablan.
«¿Estarán ya abiertas las puertas?» pregunta Susana.
«Claro. Mira allá al primer hortelano que entra con verduras. Se dirige al mercado» responde Salomé.
«¿Nos dirán algo?» torna a preguntar.
«¿Quién?» interroga Magdalena.
«Los soldados, en la puerta Judiciaria... Por allí... entran pocos y salen menos... Podríamos dar sospecha...»
«¡Y qué con eso! Nos verán, y verán a cinco mujeres que van al campo. Nos pueden tomar por quienes, después de haber celebrado la pascua, regresan a su ciudad.»
«Pero... para no llamar la atención de ningún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego damos vuelta a lo largo del muro?...»
«Se haría más largo el camino.»
«Pero estaríamos más seguras. Vamos a la puerta del Agua...»

«¡Oh, Salomé! ¡Si yo fuera tú, escogería la puerta Oriental! Sería más largo el recorrido. Hay que hacerlo pronto y volver presto» responde Magdalena secamente.
«Entonces escojamos otra, pero no la Judiciaria. Sé buena...» ruegan todas. «Está bien, y ya que lo queréis, pasaremos por donde Juana. Nos pidió que se lo hiciéramos saber. Si fuéramos derecho, no habría necesidad. Pero como queréis dar una vuelta más larga, pasemos por su casa...»
«¡Oh, sí! También por los guardias que hay allí... Juana es conocida y respetada...»
«Propondría que se pasase por la casa de José de Arimatea. Es el dueño del lugar.»
«¡Claro! ¡Hagamos ahora un cortejo para que nadie repare en nosotras! ¡Oh, qué cobarde hermana tengo! Más bien, Marta, hagamos así. Yo me adelanto y espero. Vosotras venís con Juana. Me pondré en medio del camino si hay peligro alguno, me veréis y regresaremos. Os aseguro que los guardias ante esto que lo he pensado (enseña una bolsa llena de monedas) nos dejarán hacer todo.»
«Lo diremos también a Juana. Tienes razón.»
«Entonces id, que yo me voy por mi parte.»
«¿Te vas sola, María? Voy contigo» dice Marta, temerosa por su hermana.
«No. Tú vete con María de Alfeo a la casa de Juana. Salomé y Susana te esperarán cerca de la puerta, del lado del afuera de los muros. Luego tomaréis juntas el camino principal. Hasta pronto.»

Magdalena no da pie a otros posibles pareceres, poniéndose veloz en camino con su bolsa de perfumes y el dinero en el seno.
Rápidamente camina como invitada por los primeros parpadeos de la aurora. Pasa por la puerta Judiciaria para llegar más pronto. Nadie la detiene...
Las otras la miran. Luego vuelven las espaldas en el cruce de los caminos donde estuvieron y toman otro, estrecho y oscuro, que al llegar al Sixto se ensancha en una calle más grande en que hay hermosas casas. Vuelven a dividirse. Salomé y Susana siguen por la calle, entre tanto que Marta y María de Alfeo llaman al portón de hierro y se muestran por la ventanilla, que apenas si abre el portero.
Van a donde está Juana, que ya se había levantado y vestido de un color morado muy oscuro que resalta su palidez. Está preparando también con su nutriz y una sirvienta los aceites.
«¿Ya habéis llegado? Dios os lo pague. Si no hubierais venido, habría ido yo... para buscar consuelo... porque muchas cosas han quedado mal, desde aquel terrible día. Y para no sentirme sola debo ir donde esa piedra, llamar y decir: "Maestro, soy la pobre Juana... No me dejes sola tampoco Tú..."» Juana llora desconsoladamente en silencio, mientras Ester, su nutriz, hace muchas señales indescifrables detrás de la espalda de su dueña mientras le pone el manto.
«Me voy, Ester.»
«¡Dios te consuele!»

Salen de palacio para reunirse con sus compañeros. Es en este momento en que sucede el breve y fuerte terremoto que echa de nuevo en brazos del terror a los jerosolimitanos, que no han olvidado los sustos del viernes.
Las tres mujeres precipitadamente vuelven pasos atrás, y se quedan en el ancho vestíbulo llenas de miedo entre sus siervas y siervos que gritan, que invocan al Señor...
...Magdalena por su parte está exactamente en los bordes del caminillo que conduce al huerto de Arimeta cuando la sorprende el poderoso aunque armónico rugir de esta señal celestial, mientras, a la lux, apenas rosada de la aurora que avanza en el cielo donde todavía en el poniente una tenaz estrella se ve, que tiñe de rubio el aire hasta ahora verdoso, se enciende una potente luz que baja como un globo incandescente, brillantísimo, cortando en zigzag el tranquilo aire.
María siente el sacudimiento y cae por tierra. Por un momento murmura: «¡Señor mío!» Luego se endereza como el tallo al pasar el viento y veloz corre hacia la huerta. Entra como un pajarillo perseguido en busca del nido y se dirige al sepulcro. Por más prisa que se da no puede estar cuando el celeste meteoro entra destruyendo sello y cal puestos para refuerzo de la piedra, ni cuando con fragor la puerta de piedra cae, provocando un golpe que se une al del terremoto, que si es breve, es violentísimo tanto que deja como muertos a los guardias aterrorizados.
Al llegar María ve a estos carceleros del Triunfador echados por tierra como un manojo de espigas segadas, pero no relaciona el terremoto con la resurrección, sino al contemplar aquel espectáculo piensa que haya sido un castigo de Dios contra los profanadores del sepulcro de Jesús y cayendo de rodillas grita: «¡Ay de mí! ¡Lo han robado!»

Queda destrozada. Llora como una niña, que segura de encontrar a su padre en casa, la encuentra vacía. Se levanta y corre para ir a decirlo a Pedro y Juan. Y como no piensa sino en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de sus compañeras, de esperar en el camino, más rápida cual gacela rehace el camino, pasa por la puerta Judiciaria y vuela por las calles que se van animando, se echa contra el portón de la casa y violentamente lo sacude.
La dueña le abre. «¿Dónde están Juan y Pedro?» pregunta angustiada Magdalena.
«Allí.» La mujer señala el Cenáculo.
Magdalena apenas si entra. Ante los dos sorprendidos discípulos, con voz baja por compasión a la Virgen, pero llena de dolor, dice: «¡Se han llevado al Señor del Sepulcro! ¡Quién sabe dónde lo habrán puesto!» Por vez primera tambalea, y para no caer se ase de donde puede.
«¡Pero cómo! ¿Qué estás diciendo?» preguntan los apóstoles.
Ella con ansias: «Me adelanté... para comprar las guardias... para que nos dejasen embalsamarlo. Están allí como muertos... El sepulcro está abierto, la piedra por tierra... ¿Quién habrá sido? ¡Oh, venid! Corramos...»

Pedro y Juan salen inmediatamente. Magdalena los sigue por un trecho, luego regresa. Toma de los brazos a la dueña de casa, la sacude, llevada de su amor, y le ordena: «Por ningún motivo dejes pasar a alguien donde está Ella (señala la puerta de la habitación de la Virgen). Acuérdate que soy tu señora. Obedece y calla.»
Sumida en espanto la deja. Alcanza a los apóstoles que a grandes pasos se dirigen al sepulcro...
...Susana y Salomé han llegado a la muralla. En ese momento el terremoto las sobrecoge. Llenas de miedo se refugian bajo un árbol y se quedan allí, luchando entre el ansia de ir al sepulcro o en el de correr a la casa de Juana. Pero el amor sobrepuja el miedo y se dirigen al sepulcro.

Asustadas, entran en el huerto, ven a los guardias tirados por tierra... ven que sale una gran luz del sepulcro abierto. Su temor crece, llega a su climax cuando, teniéndose por la mano para darse valor mutuamente, se asoman al umbral y en la oscuridad de la gruta sepulcral ven a un ser luminosísimo, bellísimo, que dulcemente sonríe, que las saluda desde el lugar de donde está: apoyado a derecha de la piedra de la unción que desaparece con el inmenso resplandor.
Espantadas caen de rodillas.
Dulcemente el ángel les habla: «No temáis. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para ser feliz con su término. Jesús no siente más el dolor, ni la humillación de la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado a quien buscáis, ha resucitado. ¡No está más aquí! Vacío está el lugar donde lo pusieron. Alegraos conmigo. Id. Decid a Pedro y a los discípulos que ha resucitado, que se os adelanta en Galilea. Allá lo veréis por un poco de tiempo más, según lo había dicho.»
Las mujeres caen con el rostro a tierra y cuando lo levantan huyen como quien huye ante un duro castigo. Están aterrorizadas, murmuran: « ¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto el ángel del Señor!»
En campo abierto se tranquilizan un tantico. Se consultan entre sí. ¿Qué hacer? Dicen que si cuentan lo que vieron nadie las creería. Si dicen que han ido allí, los judíos pueden acusarlas de haber matado a los guardias. No. No pueden decir nada ni a los amigos, ni a los enemigos...
Espantadas, enmudecidas regresan por otro camino a casa. Entran y se meten al cenáculo. Ni siquiera tratan de ver a la Virgen... Allí piensan si lo que han visto, no habrá sido un engaño del demonio. Como humildes que son, piensan que no «puede ser que se les haya concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás que las quiso aterrorizar.»
Lloran, ruegan como dos niñas espantadas por una pesadilla...

...El tercer grupo, el de Juana, María de Alfeo y Marta, al ver que no pasa ninguna otra cosa decide ir a donde de seguro las estarán esperando sus compañeras. Salen a la calle donde la gente aterrorizada habla del recién terremoto, que lo une con el del viernes, que ve aun lo que no existe.
«¡Mejor si todos están atemorizados! Tal vez hasta los guardias lo estarán y nos dejarán pasar» dice María de Alfeo.
Ligeras van a la muralla. Mientras caminan, Juan v Pedro han llegado al huerto, seguidos de Magdalena.
Juan, más rápido, llega primero al sepulcro. No hay más guardias. Tampoco el ángel. Juan se arrodilla temeroso y afligido en el umbral abierto, por respeto y por ver si algo puede darle alguna pista, pero no ve sino los lienzos colocados sobre la sábana, puestos en montón por tierra.

«Simón, ¡no está! María ha visto bien. Ven, entra, mira.»
Pedro, con el aliento entrecortado por la rapidez del paso, entra en el sepulcro. Por el camino había dicho: «No me atreveré a acercarme a aquel lugar.» Pero ahora no piensa sino en ver dónde está el Maestro. Lo llama, como si pudiera estar escondido en algún oscuro rincón.
La oscuridad, a estas horas de la mañana, es densa dentro del sepulcro, que sólo se ilumina por la abertura de la puerta en la que se dibujan las sombras de Juan y Magdalena... Pedro se esfuerza en ver y hasta con las manos se ayuda... Tembloroso toca la mesa de la unción y la siente vacía...
«Juan, ¡no está! ¡No está!... ¡Oh, ven también tú! Tanto he llorado que apenas si puedo ver algo con esta raquítica luz.»
Juan se levanta y entra. Mientras lo hace Pedro descubre el sudario colocado en un rincón, bien doblado y con él la Sábana enrollada cuidadosamente.
«De veras que lo han robado. No pusieron los guardias por nosotros, sino para hacer esto... Y nosotros permitimos que lo hicieran...»
«Oh, ¿dónde lo habrán puesto?»
«¡Pedro, Pedro, ahora... todo se ha acabado!»

Los dos discípulos salen anonadados.
«Vamonos, Magdalena. Lo dirás a su Madre...»
«Yo no me voy. Me quedo aquí... Podrá venir alguien... No me voy... Aquí hay todavía algo de El. Su Madre tenía razón... Respirar el aire donde estuvo El es el único consuelo que nos queda.»
«El único consuelo... Ahora tú misma lo ves que era una tontería esperar...» dice Pedro.
Magdalena no objeta nada. Se abate hasta el suelo, junto a la puerta y llora mientras los otros despacio se van.
Levanta su cabeza, mira adentro, y entre lágrimas ve a dos ángeles sentados a la cabeza y a los pies de la mesa donde se hizo el embalsamamiento. Está tan atontada la pobre María, con la lucha que traba entre la esperanza que muere y la fe que no quiere morir, que los mira aturdida, sin sorprenderse de ello siquiera. Esta heroína no tiene otra cosa que lágrimas.
«¿Por qué estás llorando, mujer?» le pregunta uno de los luminosos seres, bellísimos jovencillos.
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
María no tiene miedo de hablar con ellos, ni pregunta: «¿Quiénes sois?» Nada. Nada le espanta. Todo cuanto pueda sorprender a un hombre, lo ha ya experimentado. Ahora no es sino algo destruido que llora sin fuerzas, sin importarle nada.
El jovencillo angelical mira a su compañero, le sonríe. El otro hace lo mismo. Con una alegría angelical ambos miran hacia fuera, hacia el huerto florido con los miles de corolas que se han abierto a los primeros rayos del sol en los manzanos que hay allí.
María se vuelve para ver lo que miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo que no comprendo cómo no pudo haberlo reconocido.

Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta: «Mujer, ¿por qué estas llorando? ¿A quién buscas?»
Es verdad que Jesús llevado de su compasión para con Magdalena a quien las demasiadas emociones han debilitado y que podría morir de una alegría imprevista no se muestra claramente, pero me pregunto cómo no pudo haberlo reconocido.
Entre sollozos Magdalena dice: «¡Me han quitado al Señor Jesús! Había venido para embalsamarlo con la esperanza de que resucitase... Todo mi valor, todas mis esperanzas, toda mi fe giraban en torno a mi amor por El... pero ahora no lo encuentro más... He puesto aun mi amor alrededor de mi fe, de la esperanza, del valor para defenderlos de los hombres... Pero ¡todo es inútil! Los hombres han robado a mi Amor y con ello todo se han llevado... ¡Oh Señor mío, si tú te lo llevaste, dime dónde lo pusiste! Yo lo tomaré... No lo diré a nadie... Será un secreto entre mí y ti. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy a tus pies para suplicártelo como una esclava. ¿Quieres que te compre su cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo darte mucho oro y muchas piedras preciosas por lo que pesa. Pero devuélvemelo. No te denunciaré. ¿Quieres azotarme? Hazlo. Hasta que me saques sangre si así te parece. Si lo odias a El, desquítate conmigo. Pero devuélvemelo. ¡Oh, no me desoigas, Señor mío! ¡Ten compasión de una pobre mujer!... ¿No quieres hacerlo por mí? Entonces, hazlo por su Madre. ¡Dime, dime, dónde está mi Señor Jesús! Soy fuerte. Lo tomaré entre mis brazos y lo cargaré como a un niño. Señor... señor... lo ves... hace tres días que la ira de Dios nos ha castigado por lo que se hizo a su Hijo... No agregues profanación al delito...»

«¡María!» Jesús centellea al llamarla por su nombre. Se revela en su triunfante fulgor.
«¡Raboni!» El grito de María es el «gran grito» que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero las tinieblas del odio envolvieron a la Víctima en sus bendas fúnebres, con el segundo las luces del amor aumentaron su brillo.
María al son de su grito que llena el huerto se levanta, se echa a los pies de Jesús. Quiere besarlos.
Jesús tocándola apenas con la punta de sus dedos sobre la frente la separa diciéndole: «¡No me toques! Aun no he subido a mi Padre con este vestido. Ve donde están mis hermanos y amigos y diles que subo a mi Padre y vuestro, a mi Dios y vuestro. Y luego iré donde están ellos.» Jesús desaparece envuelto en una luz que no puede verse.
Magdalena besa el suelo donde estuvo y corre a casa. Entra como un cohete porque la puerta está semicerrada para que por ella pase el dueño, que ha salido para ir a la fuente. Abre la puerta de la habitación de María, se le echa sobre el pecho, gritando: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado! » y bienaventurada llora.

Mientras acuden Pedro y Juan, y del cenáculo salen espantadas Salomé y Susana, que escuchan lo sucedido, llegan de la calle María de Alfeo, Marta y Juana que con el aliento entrecortado dicen que «estuvieron allí, que vieron dos ángeles, que decían ser los custodios del Hombre-Dios, y el ángel de su Dolor, y que habían recibido la orden de decir a los discípulos que había resucitado.»
Y como Pedro mueve la cabeza, insisten diciendo: «Sí. Han dicho: "¿Porqué buscáis al Viviente entre los muertos? El no está aquí. Ha resucitado como lo predijo cuando estaba en Galilea. ¿No os acordáis de ello? Dijo: 'El Hijo del hombre debe ser entregado en las manos de los pecadores y será crucificado. Pero resucitará al tercer día' ".»
Pedro sacude su cabeza diciendo: «¡Muchas cosas han sucedido en estos días! Os habéis quedado asustadas.»
Magdalena levanta la cabeza del regazo de María y confiesa: «¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y que luego vendrá. ¡Qué bello es!» y llora como nunca lo había hecho, ahora que no tiene por qué atormentarse a sí misma al luchar contra las dudas que le asechan de todas partes.
Pedro y Juan dudan. Se miran. Su mirada dice: «¡Imaginaciones de mujeres!»
Ahora Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la inevitable diversidad de detalles: de los guardias que antes estaban como muertos y después, no; de los ángeles que son uno y dos, que los apóstoles no vieron; de que Jesús viene aquí y de que se adelanta a ellos en Galilea, hace que la duda crezca más en los apóstoles y que se persuadan que son "imaginaciones de mujeres".
María, la feliz Madre, guarda silencio sosteniendo a Magdalena... No comprendo la razón de este silencio maternal.
María de Alfeo dice a Salomé: «Vayamos nosotras dos. Veamos si todas estaban ebrias...» Y salen corriendo.
Las otras se quedan. Los dos apóstoles tranquilamente se burlan de ellas, cerca de María que no dice nada, absorta en un pensamiento que a su modo interpretan y que nadie comprende que sea un éxtasis.

Vuelven las dos mujeres entradas en años: «¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho, cerca del huerto de Barnabé: "La paz sea con vosotras. No tengáis miedo. Id a decir a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de pocos días a Galilea. Allí estaremos todavía un poco juntos". Así ha dicho. Magdalena tiene razón. Hay que decirlo a los que están en Galilea, a José, a Nicodemo, a los discípulos de mayor confianza, a los pastores. Id. Haced algo... ¡Oh, ha resucitado!...» todas llenas de felicitad lloran.
«¡Estáis locas! ¡El dolor os ha trastornado la cabeza! Habéis creído que la luz fuese un ángel, que el viento fuese voz, que el sol fuese Jesús. No os critico. Os comprendo, pero no puedo creer sino en lo que yo he visto: el Sepulcro abierto y vacío y los guardias que huyeron después de haber sido robado el cadáver.»
«¡Pero si los guardias mismos lo están diciendo que ha resucitado! ¡Si la ciudad está alborotada y los jefes de los sacerdotes están que se mueren de rabia porque los guardias, aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan de modo diverso y para eso les han pagado. Pero ya se sabe. Si los judíos no creen en la resurrección, si no quieren creer, muchos otros creerán...»

«¡Uhm, mujeres!...» Pedro levanta sus hombros y hace como que se va.
Entonces la Virgen, que continúa teniendo sobre su pecho a Magdalena que llora como un sauce bajo una llovizna por su inmensa alegría y a quien besa sobre sus rubios cabellos, levanta la mirada transfigurada y dice las siguientes breves palabras: «Realmente ha resucitado. Lo he tenido entre mis brazos. Lo he besado en sus llagas.» Y luego se inclina sobre los cabellos de Magdalena y agrega: «Sí, la alegría es más fuerte que el dolor, pero no es más que un grano de arena de lo que será tu océano de júbilo eterno. Bienaventurada tú que sobre la razón has hecho que hablase el espíritu.»
Pedro no se atreve a protestar... y con uno de sus arranques antiguos, que salen a la superficie, grita, como si de él y no de otros dependiese el retardo: «Entonces, si es así, hay que hacerlo saber a los demás. A los que andan por los campos... buscar... hacer algo. ¡Ea!, levantaos. Si viniese... que por lo menos nos encuentre» y no cae en la cuenta que confiesa que no cree aun ciegamente en la resurrección.

6. Con relación a la escena precedente (Escrito el 21 de febrero de 1944)

Dice Jesús:

«Las plegarias ardientes de mi Madre anticiparon mi resurrección.
Había yo dicho: "El Hijo del hombre está para ser matado, pero resucitará al tercer día". A las tres de la tarde del viernes había ya muerto Yo. Bien calculéis los días como nombre, bien como horas, no era el alba dominical la que debía verme resucitar. Como horas, habían pasado solamente treinta y ocho en vez de las setenta y dos, durante las que mi cuerpo permaneció sin vida. Como días debía esperar por lo menos hasta el atardecer del tercer día para decir que había estado Yo durante ese tiempo en el sepulcro.

Pero mi Madre anticipó el milagro, como cuando con sus oraciones abrió el cielo, anticipándose al tiempo determinado para dar al mundo la Salvación, de igual modo ahora Ella alcanzó que se anticipara la hora para consolar su corazón agonizante.
Yo, a los primeros rayos del tercer día, bajé como sol, con mi resplandor destruí los sellos de los hombres, tan inútiles ante el poder de un Dios, con mi fuerza derribé aquella piedra inútil, con mi presencia aterroricé a los guardias que habían sido puestos para vigilar al que es Vida, a quien ninguna fuerza humana puede impedir que lo sea.
Mucho más poderoso que vuestra luz eléctrica, mi Espíritu entró como espada de fuego divino a calentar los fríos restos de mi cadáver y al nuevo Adán el Espíritu de Dios infundió la vida, diciéndose a Sí mismo: "Vive. Lo quiero".

Yo que había resucitado muertos cuando no era más que el Hijo del hombre, la Víctima señalada a llevar las culpas del mundo, ¿no podía resucitarme ahora que era el Hijo de Dios, el Primero y el Ultimo, el Viviente eterno, el que tiene en sus manos las llaves de la Vida y de la Muerte? Y mi Cadáver sintió que la vida volvía a él.
Mira: como un hombre que se despierta después de su profundo sueño, doy un respiro profundo. Ni siquiera abro los ojos. La sangre vuelve a circular por las venas no muy rápidamente, y lleva al cerebro el pensamiento. Pero vengo de muy lejos. Mira, como sucede con un herido a quien un poder milagroso sana, la sangre llena las venas vacías, llena el corazón, da calor a los miembros, las heridas se cierran, los moretones y llagas desaparecen. ¡Cuan herido estaba Yo! Pero la Fuerza entra en actividad. Estoy curado. Me he despertado. He vuelto a la vida. Estuve muerto, ahora vivo. Ahora me levanto.
Me quito las sábanas en que estuve envuelto, me libro de los ungüentos. No tengo necesidad de ellos para aparecer cual soy, la Belleza eterna, la perfección absoluta. Me pongo un vestido que no es de esta tierra, sino que me lo tejió mi Padre, el que teje la suavidad de los cándidos lirios. Estoy vestido de resplandor. Mis llagas me sirven de adorno. No manan sangre, sino luz. Esa luz que será la alegría de mi Madre, de los bienaventurados, y el terror de los malditos, de los demonios en la tierra y en el último día.

El ángel de mi vida terrestre y el ángel que me acompañó en mi dolor, están postrados ante Mí y adoran mi gloria. Están los dos mis ángeles. El uno para sentirse bienaventurado a la vista del Hombre a quien guardó, que no tiene necesidad más de su protección angelical. El otro, que vio mis lágrimas para ver mi sonrisa, que vio mi lucha para ver mi victoria, que vio mi dolor para ver mi alegría.
Salgo al huerto lleno de flores en botón y de rocío. Los manzanos abren sus corolas para formar un arco sobre mi cabeza de Rey. Las hierbas se doblan para servir de alfombra a mis pies que vuelven a pisar la tierra redimida. Me saludan los primeros rayos del sol, el suave aire abrileño, la nubecilla que pasa, sonrosada cual mejilla de niño, y los pájaros de entre las ramas. Soy su Dios. Me adoran.
Paso por entre los guardias medio muertos, símbolo de las almas en pecado mortal que no sienten cuando pasa su Dios.

Es pascua, María. Es el ¡"Paso del Ángel de Dios"! Su paso de la muerte a la vida. Su paso para dar vida a los que creen en su Nombre. Es pascua. Es la paz que pasa por el mundo. La paz que no está más sujeta a las condiciones humanas, sino que está libre, perfecta y activa con su fuerza divina.
Voy a ver a mi Madre. Es justo que vaya a verla. Lo fue para mis ángeles, con mayor razón para con quien además de que me guardó y me consoló, fue la que me dio la vida. Antes de que regrese a mi Padre con mi vestido de Hombre glorificado, voy donde mi Madre. Voy con el resplandor de mi vestido sin igual y con el de diamantes. Ella me puede tocar, ella puede besarlo porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios.
El nuevo Adán va donde la nueva Eva. El mal entró al mundo por la mujer, y por la Mujer fue vencido. El Fruto de la Mujer ha desintoxicado a los hombres del veneno de Lucifer. Ahora si quieren, pueden ser salvos. Ha salvado a la mujer que quedó tan frágil después de la herida mortal.

Después de ir a la Pura, que por derecho de santidad y maternidad es justo que vaya, me presento a la mujer redimida, a la representante de todas las mujeres a quienes he venido a librar de la mordida de la lujuria, para decirles que se acerquen a Mí para curarlas, que tengan fe en Mí, que crean en mi Misericordia que comprende y perdona, que para vencer a Satanás el cual instiga sus cuerpos, miren mi Carne adornada con las cinco llagas.
No permito que me toque. No es la Pura que puede tocar sin contaminar al Hijo que vuelve al Padre. Todavía le falta mucho que purificar con la penitencia. Pero su amor merece un premio. Ha sabido resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio, deshacerse de Satanás que la tenía aferrada, desafiar al mundo por amor a su Salvador, ha sabido despojarse de todo lo que no fuese amor, que ha sabido no ser otra cosa más que amor que arde por su Dios.

Y Dios la llama: "María". Oye y responde: ¡Raboni!". Y en ese grito se oye su corazón. Le doy el encargo, por haberlo merecido, de ser la mensajera de mi resurrección. Se le tacha de haber visto fantasmas. Pero no le importa a ella, María de Mágdala, María de Jesús, el juicio de los hombres. Me ha visto resucitado, y esto le produce una alegría tal que le impide cualquier otro sentimiento.
¿Ves cómo amo también a la que fue culpable, pero que quiso salir de la culpa? Ni siquiera me muestro primero a Juan, sino a Magdalena. A Juan lo había constituido hijo, y podía serlo porque era puro y podía ser hijo no sólo espiritual, sino que también podía ocuparse de todas aquellas necesidad propias del cuerpo humano de la Pura de Dios.
Magdalena, la resucitada a la gracia, es la primera en verme.
Cuando me amáis hasta vencer todo por Mí, tomo vuestra cabeza y vuestro corazón entre mis manos llagadas y con mi aliento os inspiro mi poder. Os salvo a vosotros, hijos, a quienes amo. Os hacéis hermosos, sanos, libres, felices. Os convertís en los hijos queridos del Señor. Os hago portadores de mi bondad entre los pobres hombres, para que los convenzáis de ella y de Mí.

Tened, tened fe en Mí. Amadme. No temáis. Todo lo que he sufrido para salvaros sea la prenda segura de mi Corazón, de vuestro Dios.»


Aporte Sr. Claudio Federico Romero Mosser.

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