Compartiendo Experiencias

Reflexiones Espirituales

La vid y las ramas

(Comentario sobre las lecturas Hech. 9,26-31; 1 Jn. 3,18-24; Jn. 15,1-8.)

Todos tenemos la experiencia de la amistad. Hay personas con las que nos relacionamos todos los días, a veces podemos incluso salir a dar un paseo juntos o a divertirnos. Pero eso no significa que seamos amigos. Con el amigo hay una relación más profunda, hay algo que nos une más allá incluso del hecho de que nos podamos ver con frecuencia o no. Es como si entre los amigos se estableciera un vínculo profundo. Ser amigos quiere decir algo mas que divertirse un rato juntos. Esos serían los amigotes, que sirven solo para ir de juerga pero nada más. Recordemos que el hijo prodigo, cuando se fue con su parte de la herencia, tuvo muchos amigos pero, en cuanto se termino el dinero, se quedo solo. Los amigos son otra cosa. Los amigos contactan y comparten sus más profundos sentimientos, los buenos y los malos. Entre los amigos, a veces, no hacen falta palabras. Se entienden con una mirada.

El Evangelio de hoy nos habla de nuestra relación con Jesús. Nos pone un ejemplo concreto para hablar de ella: la vid y las ramas. Las ramas solo tienen vida si están unidas a la vid. Pero también podemos decir lo que Jesús no dice: sin las ramas, la vid nunca dará fruto. Lo que une a la vid y a las ramas es la corriente de la savia que lleva la vida continuamente de la una a las otras. Cuando miramos a la vid, la savia no se ve. Corre por dentro del tronco y de las ramas. Pero ni siquiera cuando se corta una rama se ve la savia a simple vista. Hace falta una mirada mas profunda, quizá con el microscopio, para verla. Y, sin embargo, esta ahí. Una rama que se separa de la vida, se seca y muere. Como dice Jesús, es echada al fuego.

Hoy Jesús nos pide que mantengamos esa relación profunda con el. Como la vid y las ramas. Como los buenos amigos. No nos pide que nos pasemos el día entero en la Iglesia rezando. Los amigos no lo son más por estar todo el día juntos. Pero si que mantengamos ese vinculo profundo, que dejemos que su savia nos llegue adentro y nos de la vida que necesitamos para dar fruto. ¿Qué frutos? Pues, como dice la segunda lectura, los frutos serán cumplir su mandato, es decir, que nos amemos unos a otros. Ese es el fruto que tenemos que dar: “frutos de amor para la vida del mundo”, como dijo el Concilio Vaticano II.

Que los demás se sientan apreciados y valorados, acogidos con misericordia y comprensión, que sembremos la paz y la serenidad a nuestro alrededor, que renunciemos a la violencia, que seamos honrados en nuestro trabajo. Esos son los frutos que daremos si permanecemos unidos a Jesús. Pero, como también dice la segunda lectura, que “no amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino de verdad y con hechos”.

¿Qué significa para mí permanecer unido a la vid que es Cristo? ¿Siento que mantengo esa relación profunda con Jesús que me permite dar frutos de amor? ¿Cómo expreso mi amor a los que me rodean? ¿He renunciado, por lo menos, a la violencia en mi vida?


Aporte Sta. Claudia Barreiro Blozwa.

“Y la Palabra se hizo fiesta...”, pág. 246, de Fernando Torres, Edit. Claretiana.

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